lunes, 18 de abril de 2016

Yo nunca vi a New York, no sé lo que es París...

Desde que tengo uso de razón, todos los años, a algún lado, he viajado. 
Las vacaciones de verano e invierno, con la familia, eran sagradas y algún fin de semana largo que se escurriera por ahí: con más o menos recursos económicos, mis viejos nos llevaron, a mi hermano, abuela, tíos y a mí, a pasear a varios destinos nacionales y una vez cruzamos a Chile. Hotel, departamento, carpa o casa rodante. O carpa o casa rodante...
A los 12 años pisé unos metros de Brasil y Paraguay (la Triple Frontera) en un viaje con la escuela.
A los 19 años hice mi primer viaje auspiciado por mí. Me asaltaron minutos después de llegar a destino (Terminal de Ómnibus de la Ciudad de Córdoba - Argentina).
A los 29 años hice mi primer vuelo en avión (por trabajo). Aprendí lo que son vientos laterales, de cola, de trompa, de arriba, de abajo y aprendí a rezar en 8 idiomas y 3 dialectos. Del Aeropuerto Jorge Newbery - Aeroparque (Buenos Aires - Argentina) al aeropuerto de Neuquén (Neuquén - Argentina) cuando funcionaba y viceversa. De regreso aprendí lo que son las tormentas con rayos y relámpagos varios y diversos. Y rezos en 3 nuevos idiomas. Y aplaudir cuando el avión toca la pista.
A los 35 años, en Ezeiza, le pusieron el primer sello a mi segundo pasaporte (el primero caducó sin uso). Y me fui a Colombia, México y Venezuela. Y ese fue el principio del fin: Ser princesa y vivir viajando.
Al año siguiente entré por primera vez a Europa por el Prat. Los países catalanes y el Mediterráneo.
A los 37 años me trepé al primer bote gigante: el Celebrity me llevó cuál ballena sirena hacia el fin del mundo.
Los 38 me encontraron del Río Colorado al sur, la puerta de la Patagonia Argentina: Neuquén, General Roca y Viedma. 
Ese año fui a mi primer hostel (Recoleta, Buenos Aires - Argentina). Reincidí un par de veces más en el rubro pero aprendí que ya "estoy vieja para estos trotes".
A los 39 entré por segunda vez a Europa (te conocí Barajas y te dejé Adolfo Suárez) y pisé el Reino Unido y, un rato después, Londres, bitches.
Los 40 me encontraron correteando tortugas gigantes en las Galápagos o dejando mis intestinos en el Parque Nacional El Cajas en Cuenca, Ecuador.
Y los 41 cumplieron mi #1 en la lista de cosas que hacer antes de morir: Güelcam to the Iunait Estaits of America... New York.

Culpo a mis viejos y a mi seño de primer grado que, desde los 6 años, me pusieron a leer y leer. Porque en ese afán de leer de todo y lo que se cruzaba, cayeron en la volteada diccionarios, enciclopedias, manuales, mapas... Y no hubo forma de que mi metro cuadrado no se expandiera hasta el infinito. [Issac Asimov todavía me debe el fin de la eternidad. Y Gene Roddenberry, la teletransportación. Ya llegarán]

"Yo nunca vi a New york 
No sé lo que es París 
Vivo bajo la tierra 
Vivo dentro de mí. 
Yo no tengo un espejo, 
No tengo un souvenir.
La lágrima me habla 
Y está dentro de mí"

2 comentarios:

  1. "Ser princesa y vivir viajando"... Excelente post, Natalia. Transmiten tus palabras las ganas por emprender el viaje que uno desea.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. El movimiento se demuestra andando, decían Diógenes y Carlitos Balá... ¡Chifle si puedo ayudar en algo!

      Eliminar

Dejá tu opinión o consulta